Había un chico que estaba arrasando en el teatro. En Broadway. Con su mirada se comía al resto de personajes y su papel siempre destacaba por encima de las posibilidades del guión. Estaba predestinado a triunfar en la gran pantalla, y parece que lo sabía, pues no hay una escena en la que se haya visto su mirada real. Hemos visto cómo miraba Zapata, Napoleón, don Vito o Marco Antonio, pero no cómo lo hacía Marlon Brando. Su calidad interpretativa jamás dejó que le viéramos a él y, sin embargo, sin él en esos papeles quién sabe qué suerte hubieran corrido esas películas.
La primera vez que el mundo vio a un personaje interpretado por Marlon fue en 1950. En Hombres (The Men) Brando aparecería en una silla de ruedas. Es un soldado que pierde la sensibilidad y el movimiento en las piernas y que acaba postrado en una cama de hospital, rodeado de otros paralíticos que en su mayoría tienen ya bastante asimilada la imposibilidad de andar. Pero Marlon no. Su mirada va cambiando a lo largo de su estancia en aquel hospital. Transita desde la dejadez y el deseo de morir hasta la felicidad pasando por la furia, el odio, la decepción, la vergüenza y la impotencia. No empieza su andadura en la gran pantalla con una obra maestra, pero sí lo hace con una constante que mantendría durante toda su trayectoria cinematográfica, ser el dueño en exclusiva de la película y del espectador.
Un año más tarde volvería con Un Tranvía llamado deseo. Esta vez adoptando un papel furioso, fuerte y agresivo. El director, Elia Kazan, que posteriormente repetiría varias veces dirigiéndole, quiso enseñarle a la sociedad un hombre lleno de tópicos que es capaz de pegar a su mujer para arrepentirse poco después gritando en mitad de la noche su nombre “¡Estela, Estela, Estela!”. Un hombre que odia a su cuñada (aunque en esto todos le damos la razón) y que pasa la mayor parte del tiempo en casa discutiendo, diciendo verdades dolorosas a una señorita que coquetea con la locura. La presencia de Marlon en cada escena de esta película hace que la misma suba de calidad y, sobre todo, de intensidad. A partir de esta película nadie olvidaría a aquel chico que deslumbraba por sus dotes interpretativas y por su camiseta sudada.
En su tercera aparición, cambio radical de registro. En el 52 se estrena ¡Viva Zapata! en la que nuestro actor encarna al protagonista. Su nariz aplastada y su bigote no hacían rebajar la credibilidad de aquel estadounidense encarnando al mexicano más famoso de la Historia. De nuevo bajo la dirección de Elia Kazan, Marlon se aferra a la Revolución de Zapata para subir a lomos del cambio de registro, tan frecuente en su carrera. Compartiendo apellido y guerra con un jovencísimo Anthony Quinn, nos muestra la vida del libertador de México desde el plano más emocional, llegando a ofrecernos la posibilidad de conocerle tanto como para poder adivinar lo que se le pasa por la cabeza a la hora de cinta.
Un año más tarde estrenaría dos nuevos títulos, empezando con un ritmo vertiginoso una década en la que llegaría a rodar 12 películas. En Salvaje es ese tipo peligroso, chulo, seguro de sí mismo y que no teme a nadie que a todo joven de 15 años le gustaría ser, o al menos en aquellos Estados Unidos. Jefe de una banda de moteros que toma cada pueblo por el que pasa como propio y que sólo busca problemas. A pesar de todo, cada hombre duro tiene una parte débil, el corazón. Imponente recibiendo el castigo físico de una masa enfurecida y provocador encima de una moto que nunca arranca a la primera. En el otro estreno de ese mismo año, Julio César, interpreta a un Marco Antonio que se mueve entre la conveniencia y la manipulación para seguir con vida en la antigua Roma. Su papel en la historia va aumentando gradualmente aunque tiene su punto máximo en el discurso que da ante un pueblo que cree sólo a aquel líder que mejor se exprese, que mejor oratoria demuestre. Y no habla mal Marlon…
1954 traería dos nuevas películas que añadir a la filmografía de Brando. En Desirée vemos a otro personaje histórico (y ya van 3) interpretado a la perfección, Napoleón Bonaparte. No le hace falta excesiva caracterización para encarnar al emperador francés aunque el hilo de la película se centre en su primera novia, Desiré. La película se toma bastantes licencias históricas y no destaca por su apasionante guión (veremos a una Desiré algo “hija de papá”) pero tiene a un Napoleón con una mirada con la que difícilmente perdería el real en Waterloo. Quizá lo más destacable de la película sea la recreación visual del famoso cuadro de Jacques Louis David en la autocoronación como emperador. Y compartiendo año con Desirée llega La ley del silencio y el Oscar como mejor actor. En este éxito (la película ganó 8 Oscars) de Elia Kazan, Marlon, un boxeador sin mucho éxito sufre un cambio de moral a raíz de conocer a una mujer y a un cura (Karl Malden). La película se convierte en una magistral recreación de los dilemas morales y cómo pueden las relaciones, tanto de amor como de amistad, incidir en ellos. El cura, por cierto, nos sonará por haber compartido pantalla con Marlon en Un tranvía llamado deseo. Luego lo veremos también en El rostro impenetrable.
De aquí a final de la década Marlon saldría en una película por año. En el 55 lo vemos actuando y ¡cantando! en un registro sorprendente en una no menos sorprendente película. Ellos y Ellas se convierte en una historia de conquistas y seducciones por parte de pícaros jugadores (que llegan a hacer apuestas un tanto raras). El tono musical hace que o bien se alargue para aquellos a los que no le gustan las canciones o bien resulte una película divertida. No canta mal Marlon Brando, aunque para ser justos, hay que decir que en este película, el que destaca cantando es un tal Frank Sinatra…
Un año más tarde, en La casa de té de la luna de agosto, asistimos quizá a una de las caracterizaciones más extravagantes de Marlon. Interpreta a un nativo de Okinawa que mueve todos los hilos (haciéndose muy bien el tonto) para conseguir que su pueblo crezca a pesar de la ocupación estadounidense. En un tono divertido y con grandes toques de humor, vemos a un Marlon Brando desconocido y al que cuesta reconocerlo con esos ojos rasgados. Se pasa un buen rato viéndola.
En 1957 se estrena Sayonara, película en la que Marlon interpreta a un soldado norteamericano que rompe las barreras de los prejuicios en Japón. No es una película que destaque por su fuerza ni por su agilidad, sin embargo, tiene toques de grandeza como el final, sin duda, lo mejor del film. Brando, como siempre, vuelve a tener ese protagonismo que destaca ante el resto de actores, consiguiendo que el espectador se ponga de su lado en cada acto que lleva a cabo en el transcurso de la historia. Es interesante ver cómo su personaje es tranquilo y sosegado, extremadamente educado y pasional. Su lazo de amistad con Kelly es entrañable, llegando a ser el padrino de una boda muy mal vista por el ejército debido a los prejuicios, verdadero tema principal de la película.
Un año después protagoniza El Baile de los malditos, película bélica en la que comparte aparición con un gran Montgomery Clift. La historia narra cómo tres soldados (también se les une Dean Martin) entrelazan sus destinos en la Segunda Guerra Mundial a pesar de ser de dos bandos diferentes. Durante la película vemos además tres historias de amor distintas y observamos a un Brando que humaniza, en la medida de lo posible, al militar nazi que interpreta. Choca un poco, por cierto, ver a Marlon con el pelo rubio. Es interesante buscar un visionado de la película donde aparezcan las escenas eliminadas por la censura, ya que sin algunas de dichas escenas la película pierde argumento. Espectacular el dilema moral que arrastra su personaje.
En la última película de la década de su debut, Piel de Serpiente, Marlon Brando interpreta a un joven que vive más preocupado por el destino de su guitarra que de cualquier otra cosa. Ataviado con una chaqueta hecha de piel de serpiente (si la película fuera a color seguramente sería horrenda) se ve obligado a salir del pueblo donde habita. En su nuevo lugar de acogida consigue un trabajo como tendero y es allí donde conoce a una mujer que está casada con el mismo diablo. Las conversaciones que mantienen los dos solos son siempre interesantes y el final de la película no dejará a nadie sin un regusto de injusticia e impotencia en su interior. De nuevo vemos a Marlon en el papel de un tipo duro o polémica pero, esta vez, sí que quiere cambiar motu propio.
Un total de 12 películas en la década de los cincuenta donde le hemos visto en una gran variedad de papeles y en cuya mayoría es el actor principal gracias a su fuerza interpretativa y su influencia.
Escrito por Chema de Aquino (@Chemadeaquino)














