La copla enterrada

El 2 de enero de 1982, justo cuando el reloj de mi muñeca marcaba las doce y tres del mediodía, un ataúd transportado por varios hombres llegaba al cementerio del pueblo. Doña Clara, una de las vecinas de aquella pequeña localidad, empezaba a descansar en paz para siempre.

El entierro fue algo parecido a un día de luto oficial. Todos los comercios del pueblo habían cerrado para despedir a la anciana, incluida la modesta pensión en la que me alojaba desde el día anterior. El dueño, un señor orondo y bonachón, me invitó a asistir, y considerando que allí no había mucho más que hacer, decidí aceptar e ir con él.

-Ya verás, estará todo el pueblo.

-¿Y eso?

-Doña Clara ha hecho mucho por nosotros. La mitad de lo que somos y la mitad de lo que tenemos es gracias a ella.

-¿Era rica?

-No muchacho, no. Aquí el dinero sirve de poco. Aquí lo que más se valora es la compañía cuando te pasas la noche rezando para que tu hijo nazca sin problemas, un trozo de pan con mantequilla cuando llega la mañana y sigue sin nacer, o un hombro donde llorar cuando, más tarde, entierras a tu mujer. Doña Clara era todo eso.

Aunque aquel hombre sonreía mientras me contaba aquello, sé que por dentro estaba llorando, así que me limité a acompañarlo al cementerio en completo silencio. Al llegar, comprobé que había acudido todo el pueblo, aunque mi atención fue captada de inmediato por el ataúd donde reposaba Doña Clara. De su interior, desde el interior de aquel ataúd, ¡salía música! Volví a fijarme incrédulo en los allí presentes, pero ninguno parecía reparar en ello, ni siquiera el cura que, situado tras el ataúd, terminaba de dar el sermón. Cuando varios hombres empezaron a echar tierra por encima del ataúd, me acerqué hasta el dueño de la pensión para preguntarle por aquella música.

-Ah, eso. Bueno, es que Doña Clara siempre estaba escuchando esa emisora con su pequeña radio, así que se la hemos dejado sintonizada dentro del ataúd. Pensamos que le iba a gustar escuchar sus coplas desde el más allá.

El resto del día fue más o menos interesante. En la comida que se organizó en la plaza pude conocer a varios vecinos, algunos de los cuales me contaron historias que quizás escriba en otro momento. Sobre las ocho de la tarde, cuando la noche se apoderó del pueblo, todos regresaron a sus casas, así que yo puse rumbo a la pensión.

Al entrar en mi habitación me di cuenta de que no llevaba conmigo la llave del coche. Pregunté al dueño de la pensión si la había visto por allí, pero después de un rato buscándola juntos, me di por vencido.

-¿Estás seguro de que la llevabas esta mañana, muchacho?

-Totalmente. La cogí por si decidía darme una vuelta por el monte. Joder. ¡Mañana tengo que irme a las siete!

-Pues como no deshagas los pasos que has dado…

Mi mente se nubló con la idea de volver al cementerio de noche. No soy de los que creen en historias de fantasmas y apariciones en camposanto, pero de ahí a que no me importara ir, había un trecho.

-¿Tienes miedo de ir al cementerio? Si quieres te acompaño.

-No, no se preocupe.

-Yo le tengo más miedo a la gente viva que a la muerta, el que está preocupado aquí eres tú, muchacho.

Aquella respuesta y una falsa sensación de valentía hicieron que me decidiera a ir solo. Aún así, antes de ir al cementerio, planeé buscar la llave por el resto de lugares en los que había estado.

El pueblo en plena noche tenía algo de siniestro. Las calles estaban desiertas, con apenas una farola encendida cada cien metros y ninguna casa con luz en su interior. La temperatura, además, había bajado bastantes grados desde por la mañana, y mi chaqueta apenas quitaba el frío. Tras veinte minutos buscando sin suerte por las calles del pueblo, me resigné y puse rumbo al cementerio.

La luz de la luna iluminaba aquella explanada llena de cruces, montículos y lápidas, pero no era suficiente para encontrar una llave entre la hierba, así que saqué una pequeña linterna que el dueño de la pensión me había prestado.

Procuraba apuntar la linterna directamente hacia el suelo, evitando que la luz formara sombras que me hicieran imaginar presencias terroríficas, pero aunque mis ojos se centraban en encontrar la llave, mis oídos estaban pendientes de cualquier ruido que pudiera producirse a mi alrededor. A medida que me acercaba a la tumba de Doña Clara, fui escuchando la música que salía desde su interior. Aunque por la mañana me había parecido algo gracioso, escuchar en plena noche y rodeado de lápidas aquellas coplas antiguas no me hacía ya ninguna gracia.

Cuando estuve al lado de la tumba, encontré al fin la llave del coche. Estaba en la hierba junto a un ticket que también reconocí como mío. Me lo guardé todo en el bolsillo del pantalón, apagué la linterna para evitar sombras traicioneras y me dispuse a volver cuando algo me dejó paralizado. En el momento en el que le di la espalda a la tumba de Doña Clara, la música empezó a entrecortarse como si hubiera interferencias. Mi primera reacción, aunque tardía, fue encender la linterna y apuntar directamente hacia la tumba. Las sombras provocadas por la luz artificial empezaron a moverse a mi alrededor, y cuanto más las perseguía con la linterna, más se movían. Recuerdo que empecé a sudar. Volví a girarme con la intención de abandonar de una vez por todas tan tétrico lugar, pero antes de dar el primer paso, un escalofrío recorrió mi cuerpo. La música se entrecortó de nuevo, y cuando volvió a escucharse nítida, ya no sonaban las coplas que adoraba Doña Clara, sino música rock. ¡La radio había cambiado de frecuencia!

El viento empezó a soplar con fuerza, haciendo que la hierba se moviera violentamente y provocando un silbido aterrador al pasar entre las lápidas. El sudor, el frío y el miedo entremezclados consiguieron que tiritara sin control. La radio volvió a cambiar de frecuencia una segunda vez, emitiendo ahora un programa de música clásica. Reconocí la Marcha Radetzky antes de empezar a correr hacia la puerta del cementerio. Mientras escapaba de allí, me iba convenciendo de no mirar atrás pero, a veces, uno no siempre le hace caso a su mente.

Antes de llegar a la puerta del cementerio, volví la vista atrás. Lo que vi me hizo parar en seco y dejar caer la linterna. En la zona en la que estaba la tumba de Doña Clara, había alguien levantándose del suelo. No pude distinguir nada más que una silueta, pero no la olvidaré nunca, sobre todo porque fue lo último que vi antes de recibir un golpe en la cabeza que me dejaría inconsciente.

No sé cuánto tiempo ha pasado, si horas o días, pero desde entonces me entretengo escribiendo en esta libreta, cambiando la frecuencia de la radio, o creando sombras con la linterna y mi propio cuerpo, hasta que alguien me saque de este maldito ataúd.

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Chema de Aquino

Chema de Aquino

¿Quién soy? Un periodista sevillano al que le encanta escribir. Soy coautor de dos libros de relatos sobre el Betis y autor de "Maldito Destino". La frase que más me motiva es "si fuese fácil lo haría cualquiera". Trabajo en MarketingPublicidad.es como SEO/SEM Manager. Con esto te haces una idea ¿no? :)

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