¿Lo podrías repetir?

-Adiós, Papá, mañana te llamamos. Dile adiós al abuelo, Julia.

La pequeña Julia, aún sin enlazar dos palabras coherentes seguidas, dejó un poco de baba, a modo de beso, en la mejilla de su abuelo. Lo hizo mirando distraída a todo lo que había alrededor; siempre que estaba en brazos de alguien aprovechaba la nueva línea de visión que le daban las alturas.

-Anda que no va a ser lista esta, no es nadie ya – dijo Don Aurelio antes de ver desaparecer a su hija y a su nieta por la puerta del ascensor – adiós, bonita, adiós.

Don Aurelio cerró la puerta de casa y le dio dos vueltas de llave. Después de disfrutar toda la tarde de cumpleaños con sus hijos y nietos, el piso se había quedado más silencioso de lo normal. La soledad siempre es más deprimente justo después de la compañía.

Se miró la muñeca. Con ese reloj último modelo ya tenía más tecnología que la que había en todo el mundo el día que nació. Durante un buen rato, su hijo Manuel le estuvo explicando cómo funcionaba su regalo de cumpleaños, pero si apenas podía recordar cómo funcionaba el móvil, difícilmente sabría manejar el reloj. “Con poder ver la hora me conformo“, pensó.

Realizó su rutina previa a dormirse sin prisas. Desde que estaba solo procuraba hacer despacio cualquier tarea que se le ocurría, ya que así el tiempo pasaba más rápido hasta el domingo siguiente, el día de reunión familiar. Tras la muerte de Amparo, su mujer, dos años atrás, valoraba mucho más estar con la familia, disfrutar de ella. Verse solo en el día a día le había convertido en un depredador de la compañía. Intentaba prolongar cualquier conversación, por simple que fuera, con tal de compartir unos minutos más con alguien, charcutero maleducado del supermercado incluido.

Cuando se metió en la cama lo hizo como si esperara que Amparo se acostara en el otro lado. En los últimos dos años jamás había ocupado la cama entera. Algunas noches, entre sueño y pesadilla, alargaba el brazo con la esperanza de tocar el cuerpo de su mujer, imaginando con fuerza que la almohada que encontraba, fría y blanda, le devolvía la caricia.

Don Aurelio se quitó las gafas, le dio un beso a la foto en blanco y negro de Amparo de cuando era joven y apagó la luz.

Unos minutos después, Don Aurelio se despertó sobresaltado. Había escuchado una voz femenina hablarle desde dentro de su propia cama. Se quedó inmóvil, petrificado. Al principio creyó que había sido un sueño, pero unos segundos más tarde la volvió a oír, estaba a apenas unos centímetros de él.

-¿Lo podrías repetir? – dijo la voz.

Don Aurelio reunió todo el valor que pudo y, aunque no le dio para moverse y encender la luz, le bastó para contestar.

-¿Quién eres?

-Un segundo…

En ese momento, notó cómo la muñeca le vibraba, así que ató cabos y dio un largo suspiro mientras encendía la luz de la mesita y volvía a ponerse las gafas. Sacó la muñeca de entre las sábanas y miró la pantalla del reloj. La voz que había escuchado era la de una especie de ayudante que tenía el reloj. Manuel se lo había explicado, pero estaba a años luz de recordar cómo se desactivaba. En la pantalla pudo leer, en letras celestes, el “un segundo…” que había escuchado. De repente, la muñeca volvió a vibrar, y las letras desaparecieron para mostrar en la pantalla la foto de Amparo que tenía en la mesita de noche. El anciano se quedó sin aliento, y el miedo volvió a apoderarse de él.

-¿Eres tú, Manuel? ¿Te estás quedando conmigo?

-Para nada.

-¿Quién eres, entonces?

-Un segundo… – la foto de Amparo volvió a aparecer en el reloj.

-No puede ser, no puede ser. Llevas muerta dos años. ¿Dónde estás?

-Estoy aquí.

Don Aurelio se incorporó en la cama, apoyando la espalda contra el cabecero de hierro.

-Si eres Amparo, dime qué te dije la primera vez que te vi.

El reloj vibró de nuevo, y a don Aurelio le dio un vuelco el corazón al ver un retrato de Bécquer en la pantalla y escuchar de nuevo aquella voz.

-Esto es lo que he encontrado sobre “Hoy la he visto… la he visto y me ha mirado… ¡hoy creo en Dios!“.

-No puede ser, no lo puedo creer.

-Allá tú, no es mi problema.

-¿Cómo…? ¿Cómo estás?

-¡Muy bien, gracias!

-¿Tienes miedo?

-¡No le tengo miedo a nada!

-Pues yo sí, mucho.

-¿En qué puedo ayudarte?

-Necesito que me des un abrazo.

-No puedo hacer eso, Aurelio.

-¿Y qué puedes hacer?

-Puedo ayudarte en cosas como esta: amor, compañía, recuerdos, consejos.

-Te echo de menos, Amparo.

-Oh, Aurelio, yo también te echo de menos.

-Te quiero.

La pantalla del reloj volvió a mostrar una foto. Esta vez era más reciente. Aurelio calculó que era de un par de meses antes de la muerte de Amparo. Los dos estaban sentados en la terraza de la casa de Manuel. No miraban a la cámara, sino que se miraban el uno al otro. Ella tenía un ramo de rosas entre las manos, y él sonreía como sólo hacía con ella. Aurelio se echó a llorar, pero empezó a pensar que aquel reloj era el segundo mejor regalo que le había hecho la vida, se parecía muchísimo al mejor.

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Chema de Aquino

Chema de Aquino

¿Quién soy? Un periodista sevillano al que le encanta escribir. Soy coautor de dos libros de relatos sobre el Betis y autor de "Maldito Destino". La frase que más me motiva es "si fuese fácil lo haría cualquiera". Trabajo en MarketingPublicidad.es como SEO/SEM Manager. Con esto te haces una idea ¿no? :)

2 comentarios

  1. La mirada. Q importante.

    Enhorabuena.
    Feliz noche.

    1. 🙂 Gracias, Isabel.

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