La pequeña Laura

Laura estaba tumbada en la cama. Los bostezos inundaban los días que pasaba en aquel lugar. Sin nadie. Sin poder hablar. Con la única compañía de una taza de agua, una máquina enchufada a su cuerpo y un libro en la mesita de noche. Así pasaba el tiempo, leyendo o mirando al techo. Sólo tenía 11 años y la vida ya le parecía monótona, aburrida, sin ilusiones. Lo que Laura no sabía es que, en la vida, hay veces que todo cambia en un instante.

Uno de esos días, justo en el que comienza esta historia, su vida cambió por completo. Esa mañana, Laura alargó la mano para coger su libro preferido, Rimas y Leyendas, de Bécquer. Se lo habían mandado como lectura obligatoria en el colegio, pero en apenas dos páginas se había convertido en su libro favorito. Era su favorito, también hay que decirlo, porque aún no había leído muchos más. Cuando lo abrió pasó algo que siempre recordaría. Vio cómo una luz roja salía de la mesita de noche. La siguió con la mirada, con el corazón encogido. Intentó atrapar aquella luz que se movía por la habitación hasta que, finalmente, la alcanzó con un movimiento rápido. La tenía ahí, atrapada entre sus manos y sin saber qué hacer. Sentía calor, pero no le quemaba. Entre sus dedos se escapaban algunos rayos de luz roja, un resplandor que era capaz de iluminar casi toda la habitación.

-¡Eh tú! ¡Suéltame! – el corazón de Laura empezó a palpitar más rápido. Tuvo la primera intención de soltar aquella luz parlante, pero su curiosidad pesó más. Acercó sus manos a su oído e intentó escuchar otra vez lo que le decían –. ¡He dicho que me sueltes!

-¿Quién eres? – Laura preguntó sin estar muy convencida de que fuera alguien, y no algo, lo que le contestara.

-Soy demasiado poco importante como para que tú sepas pronunciar mi nombre. Venga. ¡Suéltame! – Laura abrió poco a poco sus manos y la luz roja volvió a iluminar toda la habitación.

-Eres una luz muy gruñona.

-No soy ninguna luz, Laura.

– Entonces ¿qué eres? – La luz se fue apagando, dejando ver una pequeña figura humana, diminuta. Lo primero que llamaba la atención de aquel hombrecito era un sombrero rojo, parecido a las antiguas chisteras de los magos, de esas desde las que sacaban conejos y zanahorias. También vestía una chaqueta roja, unos pantalones cortos del mismo color y unos zapatos verdes. La cara apenas era más grande que una moneda de cinco céntimos, con una nariz redonda y grande que destacaba entre una barba poblada, alborotada y pelirroja -. ¿Cómo sabes mi nombre?

-A la primera pregunta te contestaré que soy un duende, a la segunda, que soy tu duende, y no conozco a ninguno que no sepa el nombre de su niña.

-¿Mi duende? – Laura preguntaba con incredulidad, pero también con ilusión. Era la primera vez en mucho tiempo que podía hablar con alguien -. ¿En qué consiste ser duende?

-Los duendes somos los guardianes de la infancia. Entretenemos, jugamos, sonreímos y, además, estamos obligados a conceder un deseo al día, así que desde ahora mismo puedes pedirme lo que quieras, todo aquello que puedas imaginar lo tendrás en tus manos, sólo si eres capaz de pedírmelo.

-Me gustas Duende, y mi deseo es que bailes – el duende miró sorprendido a la niña.

-Te puedo llevar a la Luna para ver todos los atardeceres de la Tierra, puedo hacer que vueles por encima de la Estatua de la Libertad, puedo hacer que tengas mucho dinero o que nunca sientas tristeza en tu corazón, sólo si tú me lo pides pequeña Laura, ¿y lo que me pides es que baile?

-En la Luna seguro que hace frío, volar me da miedo, el dinero no me va a hacer feliz y sin la tristeza no podemos valorar la felicidad plenamente; así que mi deseo de hoy es que bailes todo lo que puedas.

-Está bien, tú sabrás lo que pides, bailaré, pero que sepas que en la Luna no hace ni pizca de frío…

El Duende empezó a hacer movimientos un tanto extraños como para ser considerado un baile, pero a Laura le hacían gracia y se reía muchísimo. Él, notándose centro de atención y diversión, bailaba más torpemente, a
conciencia, para que la niña no parara de reír. Así estuvo muchos, incontables ples, hasta que las piernas del hombrecillo empezaron a temblar de cansancio y paró.

-Me ha encantado tu baile, ha sido muy gracioso. ¡Qué pena que te cansaras! Estaría toda la vida viéndote bailar.

-Y yo viéndote reír pequeña Laura, pero mira qué tarde es, tienes que dormir.

-Pero no tengo sueño. ¿Por qué no me cuentas un cuento?

-Bueno, pero después te tienes que dormir. A ver. ¿Qué te cuento? Si yo hace mucho que no cuento uno, me estoy haciendo antiguo, aunque ahora recuerdo que una vez estuve a un ples – así es como llamamos nosotros al tiempo que tarda un mosquito en batir sus alas una vez – de ganar un concurso de cuentos. Estuve a un ples porque llegué tarde y no me pude inscribir. Si no, hubiera sido el campeón. Malditos relojes…

-Venga mi duende, cuéntame un cuento, que te enrollas.

-Está bien, está bien. Érase que se era… No. Así empiezan todos, tiene que ser original. Había una vez… No. Tampoco. Así empiezan los más conocidos.

-Puede empezar… “Más pronto que tarde y más lejos que cerca…”

-¡Me gusta Laura! Bien dicho. Allá va. Más pronto que tarde y más lejos que cerca, había un niño pequeño, más chico que tú incluso, que estaba llorando bajo su cama. Lloraba desconsoladamente porque unos soldados habían entrado en su casa y parecían muy enfadados. Su duende, uno de los más famosos de nuestra era, se plantó ante su niño que, del asombro, dejó de llorar inmediatamente. Ante la aterradora mirada del niño, el duende le dijo, sin presentarse siquiera, que pidiera un deseo rápidamente. El niño, totalmente atónito, hizo caso y pidió que le sacara de allí. Al siguiente ples, el niño y su duende estaban en la Luna, cual Principito invitado. Allí permanecieron largo tiempo, hasta que los soldados abandonaron la ciudad y aquella maldita guerra al fin terminó. Su duende fue destinado rápidamente a otro niño, teniendo que abandonarlo para siempre. El chico le pidió que no le olvidara. El duende, lleno de lágrimas, le prometió ir a verle una vez al año. Y así fue. Cada año, su duende iba a verle, viajaban juntos hasta la Luna y se quedaban viendo el Universo hasta el amanecer.

-Mañana quiero ir a la Luna mi duende. Buenas noches.

-Buenas noches pequeña.

Al día siguiente, cuando Laura despertó no hizo otra cosa que buscar por aquella fría habitación la lucecita roja. Como no encontraba nada empezó a sospechar que todo aquello había sido fruto de su imaginación. No sería la primera vez que tenía un sueño tan real que le hacía creer que era verdad. Cogió su libro y empezó a leer, “hoy la he visto, la he visto y me ha mirado, hoy creo en Dios…” Un ruido llamó su atención. Cerró a Bécquer, lo dejó en la mesita de noche y miró por toda la habitación.

-¿Duende? – Laura preguntó con la esperanza de poder ver de nuevo aquella diminuta figura del día anterior -.¿Duende?

-¡Voy! – el duende contestaba desde debajo de la cama –. Ya voy. Dame un ples.

Al fin apareció. Vestía exactamente igual que el día anterior y su luz iluminaba por completo la habitación.

-Aquí me tienes. Ya está todo listo para cumplir tu deseo de ir a la Luna.

-Me parece que a ti también te gusta ir a la Luna, como el duende y el niño de la historia que me contaste ayer…

-Tengo que confesarte que en realidad nunca he ido, pero me encanta que seas tú con quien vaya a ir por primera vez.

-¿Cuándo nos vamos?

-¡Ya!

El duende dio un salto y antes de caer, todo se volvió rojo. Rojo intenso y potente. Tanto que Laura tuvo que cerrar los ojos. Cuando los volvió a abrir ya no estaba en la habitación sino en la mismísima Luna. Seguía en aquella fría cama, de almohada blanda y sábanas ásperas, pero su visión era totalmente distinta. En vez de techo había estrellas y en vez de pared estaba la Tierra. Colosal. Redonda. Inmensa. Ningún atlas podía enseñar una foto, siquiera parecida, a lo que ella estaba viendo en ese momento. Se olvidó de todo. Sólo miraba embobada los océanos, los continentes, el horizonte lunar, la oscuridad del Universo…

Allí se quedaron casi todo el día. Horas enteras dedicadas, simplemente, a mirar en silencio tan majestuosa vista. Un silencio roto solamente por alguna exclamación de Laura, una palabra de asombro acompañada por un asentimiento de cabeza del duende.

-Esto es maravilloso mi duende. Estamos aquí, los dos solos, observando la Tierra, mientras ahí abajo habrá millones de personas que miran hacia nosotros. Gracias por traerme. Gracias por hacerme sentir especial.

Aquella noche, de vuelta a la habitación del hospital, a Laura le costó dormir. La habitación, ahora que había estado en la Luna, le parecía mucho más deprimente que antes.

Los días siguientes fueron mejorando gracias a los deseos que el pequeño duende le ofrecía, aunque la mayoría de las veces la pequeña quería volver a la Luna. Visitaron Marte, y Laura comprobó que allí no había vida. Sobrevolaron el Gran Cañón del Colorado en el avión de los hermanos Wright. Imitaron un baile de salón mientras buceaban entre los restos del Titanic. Remaron en barca por el Lago Ness, y a Laura le pareció ver una silueta con forma de monstruo. Pasaron una noche tumbados en la arena del desierto del Sáhara mirando las estrellas. Viajaron en el tiempo para ver cómo Leonardo da Vinci pintaba los primeros trazos de la Mona Lisa. Recorrieron el Louvre, el Prado, el Metropolitan y el Británico cuando en ellos sólo había guardas de seguridad medio dormidos. Pasaron páginas de algunos libros de la biblioteca de Alejandría y asistieron a obras de teatro en la Roma clásica. Pero siempre, cada dos días, volvían a la Luna. No hubo deseo que superara el de ir a la Luna, ni siquiera el del día en el que Laura conoció a Bécquer y recibió de sus propias manos un poema dedicado, escrito exclusivamente para ella.

Así pasaron los meses. A Laura cada vez le costaba más quedarse dormida después de cada deseo. La ilusión diaria y las sorpresas que le preparaba su duende le mantenían alterada cada minuto de su vida. El duende notaba, eso sí,
que la pequeña Laura cada vez estaba más triste. No era ni mucho menos la chica que había conocido al principio. Seguía manteniendo la ilusión y la alegría con los deseos que cumplía, pero al llegar a la habitación su sonrisa se borraba y aparecía en su cara una mirada melancólica, una mirada de dolor.

Una mañana, cuando el duende fue a ver a Laura para cumplir su deseo diario, encontró a la pequeña llorando.

-¿Por qué lloras?

-Por el deseo que voy a pedir hoy.

-Pues no lo pidas.

-Quiero pedirlo, lo necesito, pero… te voy a perder.

-Voy entendiendo – el duende no pudo evitar que dos lágrimas cayeran de sus ojos –. Realmente, nunca me preparé para este momento, ningún duende está preparado para esto. Todos sabemos que este momento siempre acaba llegando, pero nadie piensa en ello.

-Te voy a echar mucho de menos mi duende. ¿Te volveré a ver?

-Espero por tu bien que no. Yo también te voy a echar mucho de menos.

Los dos se fundieron en un abrazo. Se quedaron en silencio un buen rato, mirando al vacío, a la nada, sin saber bien qué más decir hasta que el duende, con voz rota, tomó la palabra de nuevo.

-Pide tu deseo, pequeña Laura.

-Quiero ver a Mamá.

Todo se volvió rojo, como de costumbre. Laura cerró los ojos. Tras tres plés los volvió a abrir, sintiéndose muy cansada y escuchando una voz desconocida.

-¡Está mostrando reacción! Mueve manos y ojos.

-Laura, mi niña, ¿me escuchas?

Laura abrió los ojos por completo. Lo veía todo desenfocado así que empezó a pestañear para aclarar su vista. Primero intuyó una mancha, luego una silueta, después lo que parecía ser una persona y, finalmente, reconoció a su madre. Tenía la cara pegada a la suya, y podía ver que sus ojos estaban rojos y llenos de lágrimas.

-¿Mamá?

-Estás bien mi amor, gracias a Dios – su madre dirigió la cabeza hacia un señor con bata blanca que estaba junto a la cama -. ¿Está bien?

-Está estable y reaccionando de forma excelente a los impulsos. Debe saber que tiene una hija muy valiente. Muy pocas personas son capaces de despertar del coma después de tanto tiempo.

Laura sonrió levemente, estaba muy cansada y su cuerpo le parecía lento y pesado. Notó el abrazo de su madre y reconoció su colonia de siempre. Se fijó en sus pendientes. Eran completamente rojos salvo por un pequeño brillante verde en su punta.

-Gracias mi duende…

Este relato pertenece al libro Maldito Destino, donde varios relatos se van entremezclando para demostrar lo duro que puede ser el destino. Puedes comprarlo en Amazon (Kindle o Papel). 

 

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Chema de Aquino

Chema de Aquino

¿Quién soy? Un periodista sevillano al que le encanta escribir. Soy coautor de dos libros de relatos sobre el Betis y autor de "Maldito Destino". La frase que más me motiva es "si fuese fácil lo haría cualquiera". Trabajo en MarketingPublicidad.es como SEO/SEM Manager. Con esto te haces una idea ¿no? :)

1 comentario

  1. Me encanto

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