El viento de la realidad

Estaba completamente segura de que jamás había estado en esa calle y, sin embargo, reconocía todo lo que había en ella. Las casas eran calcadas a las que salían en los dibujos animados que veía cada domingo; en la acera -que tenía el mismo dibujo que la de la calle donde vivía- en vez de bancos había varios sofás, o mejor dicho, el mismo sofá repetido una y otra vez, con idéntica forma, color y tamaño que el de la casa de su abuela. Se sentó en uno de ellos para probarlo, pero como no le pareció muy cómodo se levantó para seguir investigando la calle.

Las papeleras le eran muy familiares. ¡Claro! Eran como las que había en su clase del colegio, y también en estas había restos de haberle sacado punta a varios lápices. Cuando pasó por delante de una de ellas, notó cómo un ligero viento le movía el vestido. Levantó la mirada hacia el cielo para descubrir, en vez de pájaros, varias cometas volando. Estaban algo lejos, pero sus colores le hacían sospechar que eran una copia exacta de la que hacía volar junto a su padre, en la playa, cada verano.

¿Qué calle era esa en la que reconocía cada una de sus partes pero no todas en su conjunto? La pequeña Laura decidió entrar en una de las casas y preguntar, a quien quiera que viviera allí, que dónde se encontraba.

Se acercó a la que le pareció más bonita -la de los protagonistas de su serie-, giró el pomo de la puerta y la abrió sin dificultad. Algunos días antes había escuchado bromear a su padre con unos amigos, debatiendo por qué en cada película de miedo la protagonista pregunta en voz alta si hay alguien ahí, sin darse cuenta de que así está dándole ventaja al asesino. Laura nunca había visto una película de miedo, y tampoco tenía mucho interés en hacerlo, pero recordar las palabras de su padre hizo que se adentrara hasta el pasillo principal en el más absoluto silencio. Parecía que la casa estaba vacía, pero a medida que avanzaba iba escuchando una melodía cada vez más nítida. Recorrió los últimos metros que le quedaban hasta la puerta desde la que salía esa música y, al fin, pudo oírla con claridad. Era la canción de un anuncio que se le había metido en la cabeza durante los últimos días.

Al adentrarse en el cuarto, la música cesó de pronto, y descubrió que aquella habitación era idéntica a la suya. Las mismas repisas, la misma ventana y el mismo armario. En la cama, para su sorpresa, se vio a sí misma dormida. Al principio sintió algo de miedo, pero a fin de cuentas, pensó, no podía tener miedo de su propio yo.

Al tocar su brazo, en un primer momento, no pasó nada. Ella, o mejor dicho, su versión durmiente, hizo un leve giro y continuó durmiendo. Volvió a tocarla una segunda vez, ahora con más fuerza, procurando que fuera imposible no despertarla. Al hacerlo, su yo durmiente se incorporó y le dedicó una mirada furiosa.

-¡No! ¿Por qué me has despertado? ¿Por qué lo has hecho?

-Yo… yo…

-¡Construir este lugar me ha llevado mucho tiempo! ¡He tenido que recordar muchas cosas para que todo encajara! No sabes lo que me ha costado que la calle tuviera un sitio donde sentarme. ¡Apenas me acordaba del salón de la abuela!

-Pero… es que yo no sabía… yo…

-¡Ahora todo esto volará en pedazos! ¡Por tu culpa! ¡Ya no voy a poder vivir más aquí!

Mientras su yo durmiente rompía a llorar, escuchó un ruido a su derecha. El viento de la calle se había hecho más fuerte, provocando un silbido molesto al pasar a través de la ventana abierta. Se acercó hasta ella y la cerró. Cuando miró a través de los cristales, al fin lo comprendió todo. El viento iba arrancando las casas de la calle, se llevaba los sofás y las papeleras, mientras que arrojaba al suelo las cometas con violencia, dejándolas inservibles. Miró a su otro yo. Lloraba sin consuelo, temblando de miedo. Fue rápidamente hacia ella y la abrazó con ternura. Mientras el viento empezaba a arrancar la entrada de aquella casa, le susurró que siempre estaría con ella, que jamás tendría que volver a crear un mundo de recuerdos para refugiarse del de verdad, que le ayudaría a afrontar la realidad con fuerza. Además, el verdadero sofá de la abuela era mucho más cómodo que el de la calle. Las dos se fundieron en aquel abrazo, desapareciendo al mismo tiempo que el viento hacía volar todo lo que había en su cuarto imaginario.

La pequeña Laura despertó, se puso las zapatillas y fue decidida, a través del pasillo, hasta la habitación de sus padres. Encendió la luz, se puso a uno de los lados de la cama y, antes de que ninguno de los dos pudiera protestar por la claridad que les había despertado, empezó a hablar con confianza, con firmeza y sin lágrimas en los ojos.

-Mamá. Papá. En el colegio me pegan.

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Chema de Aquino

Chema de Aquino

¿Quién soy? Nací en Sevilla en 1988, soy del Betis (manquepierda) y me encanta escribir. Soy autor de "Maldito Destino", la frase que más me motiva es "si fuese fácil lo haría cualquiera" y actualmente trabajo en marketingpublicidad.es como SEO/SEM Manager. Con esto te haces una idea ¿no? :)

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